Si estás aquí, probablemente no solo luchas con el alcohol, sino también con la profunda vergüenza que viene después. La vergüenza es más que culpa. La culpa dice «hice algo malo». La vergüenza dice «yo soy algo malo». Y cuando hay alcohol de por medio, la vergüenza suele calar hasta los huesos.
La vergüenza te empuja a esconderte. Te dice que si la gente supiera de verdad lo que hiciste, o en lo que te convertiste, te rechazaría. Así que te pones una máscara, guardas distancia y bebes en silencio, a oscuras. La vergüenza alimenta la misma adicción que dice castigar.
El evangelio no minimiza tu pecado: lo cubre por completo. Cuando Cristo murió en la cruz, no solo cargó tu culpa, sino también tu vergüenza. Isaías 53 nos dice que Él llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores. Fue despreciado y desechado para que nosotros no tuviéramos que serlo.
"Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús."
— Romanos 8:1Reemplaza el falso consuelo del alcohol con el verdadero consuelo de la Escritura y la oración. Predícate el evangelio a ti mismo cada día. Cuando la vergüenza susurre, respóndele con Romanos 8:1 y con la verdad de que Cristo te cubre.
No puedes arreglar la vergüenza con fuerza de voluntad ni con alcohol. Pero Jesús sí puede, y lo hace. Cuando Él te cubre, la vergüenza pierde su poder. Lo que antes te definía ya no tiene la última palabra. No eres tu adicción. No eres tu vergüenza. Estás cubierto, si estás en Cristo. Aprovecha este momento para orar. Pídele que te perdone, que te cubra y que te libere. A Él le agrada responder.
«La adicción es la correa del diablo. Te quiere muerto. Cristo es más fuerte».